Titulo este escrito: reflexiones finales, nuevamente mis argumentos se refieren al hermoso texto de Ariès (2008): Morir en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días, pero esta vez a la segunda parte: Itinerarios, donde nos presenta la muerte invertida, o el cambio de actitudes ante la muerte en las sociedades occidentales. Estas actitudes son analizadas por el autor desde tres ejes fundamentales: 1. Cómo el moribundo es privado de su propia muerte; 2. La negación del duelo y 3. La invención de los nuevos ritos funerarios en Estados Unidos.
Empecemos analizando el primer eje: Cómo se despoja al moribundo de su propia muerte: Ariès expresa que durante milenios el ser humano fue el amo y soberano de su propia muerte, y de como ella acontecía. La muerte como acontecimiento se consideraba “normal”, es decir, era normal que el hombre supiera que iba a morir, bien sea por encontrarse en situación de riesgo extremo (la guerra), o porque era avisado de la presencia de la misma (Enfermedad), rara vez la muerte hacía su presencia de forma repentina, y el temor a que ella se presentara así se sustentaba en que privaba al hombre de su muerte y de las decisiones que él deseaba sucedieran con su deceso.
Entre más se avanza en el tiempo y se asciende en la escala social, el ser humano pierde el control de su muerte, y las evidencias de su proximidad dependen cada día más de su entorno. En el siglo XVIII, el médico renuncia al rol que había desempeñado tiempo atrás, en el siglo XIX, solo responde si se le interroga, y lo hace con prudencia y reserva ante la presencia de la muerte y desde el siglo XVII, es la familia la que se hará cargo de la muerte y de todo lo que de ella se deriva.
Por lo tanto, y desde el siglo XVII, es deber de la familia y del médico, ocultar la gravedad de su condición al enfermo, jamás debe enterarse de la proximidad de su fin, se instala una nueva costumbre: Morir en la ignorancia de la muerte, desde este siglo, esta es una regla moral: “…la muerte de antaño era un tragedia -a menudo cómica- donde se jugaba al que va a morir. La muerte es hoy una comedia -siempre dramática- donde se juega al que no sabe que se va a morir.” (Ariès, pág.208, 2008). En la actualidad, atreverse a hablar de la muerte en los escenarios sociales, significa provocar una situación dramática, espantosa y exorbitante, ya no significa permanecer en lo cotidiano, por el contrario, solo nombrarla provoca pánico y miedo.
Con el análisis de este primer eje, permitimos una mejor comprensión del segundo eje: La negación del duelo, hemos mostrado con la voz del autor, como esta sociedad moderna y posmoderna priva al ser humano de su muerte, y solamente se le permite asumirla si no perturba a los vivos. Se le prohíbe a los vivos no mostrarse emocionados con la pérdida, no llorar a sus difuntos y tampoco demostrar extrañarlos. Desde el siglo XIII todas las manifestaciones del duelo perdieron su espontaneidad, podemos decir que se ritualizaron, desde finales de la edad media, se impone a la familia periodos de reclusión, que incluso la excluía del propio funeral.
Esta reclusión perseguía dos objetivos, el primero se orientaba a que los sobrevivientes resguardaran su dolor ante el mundo, y les permitiera el alivio de sus penas, y el segundo pretendía impedir que estos sobrevivientes no olvidaran rápidamente al difunto, por lo tanto, se les resguardaba de las relaciones sociales y de los goces de la vida mundana. Esta costumbre no pierde su fortaleza hasta entrado el siglo XIX; en las casas donde había ocurrido la muerte, se les separaba del resto de la sociedad con pantallas de gasas, telas y velos negros. Esta necesidad milenaria del duelo, es reemplazada a mediados del siglo XX, por su prohibición: no conviene demostrar la pena y ni siquiera dejar ver que se experimenta.
A partir del siglo XX, la muerte se convierte en un tabú, en la innombrable, al igual que el sexo, no se debe nombrar en público y tampoco obligar a los otros a hacerlo, la muerte reemplaza al sexo como el principal tabú. La prohibición del duelo empuja al doliente a llenarse de trabajo, o a hacer como si viviese con el difunto, incluso a querer reemplazarlo, a imitar sus gestos, sus acciones, sus costumbres, y a veces, ya llegados a la neurosis, a simular todos los síntomas de la enfermedad del fallecido (duelo patológico o complicado). Podríamos cerrar este segundo eje, con un gran interrogante: ¿Será que gran parte de la patología social que hoy experimentamos como sociedad, se debe a la exclusión de la muerte en la vida cotidiana, en la prohibición del periodo de duelo y el derecho que nos asiste a llorar a nuestros muertos?
Para concluir este escrito, entremos en el tercer eje: La invención de los nuevos ritos funerarios en Estados Unidos: Podemos reconocer en estos ritos un borramiento de la muerte, tanto en el discurso como en los medios de comunicación, se privilegia el bienestar. Norteamérica sería el primero que intenta mitigar ese sentido trágico de la muerte. El aseo funerario, es el inicio de nuevos ritos suntuosos y a la vez complicados: el embalsamamiento del cuerpo pretende devolver al difunto la apariencia de vida., en la sala del funeral home, el fallecido recibe por última vez la visita de parientes, rodeado de arreglos florales y música, luego es trasladado a cementerios diseñados como bellos parques, que invitan al turismo, más que a la peregrinación.
La American way of death, oculta el sentido verdadero: el rechazo a una evacuación radical hacia la muerte y la repugnancia por la destrucción del cuerpo físico, sin ritos solemnes. Se conserva ese adiós solemne al fallecido, pese a que podemos constatar que el hombre moderno y posmoderno fallece en los hospitales, y cada vez menos en su propia casa. Las nuevas concepciones sobre la muerte, se oponen al retorno del moribundo hacia el hogar, la defunción tiene lugar cada vez más en el hospital, y se sustituye el hogar por un lugar neutro, que es el funeral home. El fallecido es recibido por el funeral director.
Los nuevos ritos nos permiten concluir, que la muerte, esa compañera familiar, del medioevo, desaparece del lenguaje y se convierte en prohibición, pues transmite angustia y desasosiego, esto nos invita a pensar si la crisis de la individualidad que vivimos se corresponde a la crisis de la muerte, pues habíamos visto como la muerte era el lugar por excelencia de la toma de conciencia del individuo.
Referencias
Ariès, P. (2008). Morir en occidente. Desde la edad media hasta nuestros días. Buenos Aires, Argentina: Adriana Hidalgo Editora.