Hablar de la muerte no es fácil. Aunque forma parte inevitable de la existencia humana, con frecuencia no hace parte de las conversaciones cotidianas, se la rodea de silencios o se procura mantenerla a cierta distancia. Paradójicamente, esta dificultad para hablar de la muerte cercana convive con una exposición constante a la muerte de otros. Las pantallas permiten observar guerras, catástrofes, accidentes, violencias y pérdidas casi en tiempo real. Así, mientras la muerte que toca la propia existencia puede resultar incómoda y difícil de nombrar, la muerte convertida en imagen circula, se reproduce, se comparte y, muchas veces, se consume.
Esta aparente contradicción invita a preguntarse no solo por la presencia o ausencia de la muerte en la sociedad contemporánea, sino por las formas mediante las cuales nos relacionamos con ella. En este sentido, los rituales adquieren especial relevancia. Han (2020) los comprende como acciones simbólicas que transmiten valores y órdenes compartidos, generan vínculos y contribuyen a mantener cohesionada una comunidad. Para el autor, frente a una sociedad caracterizada por la aceleración, la producción y la fugacidad, el ritual introduce permanencia, repetición y duración. Por ello, no constituye simplemente una práctica heredada o una costumbre que se repite, sino una manera de hacer habitable el tiempo y de proporcionar estabilidad a la experiencia.
La reflexión resulta particularmente significativa cuando se piensa en la muerte. Ante una pérdida, el ritual proporciona palabras, gestos, tiempos y espacios para expresar aquello que muchas veces resulta difícil decir. Una despedida, una ceremonia funeraria, un encuentro familiar o una práctica de recordación no modifican la realidad irreversible de la muerte, pero pueden ofrecer una forma de reconocerla e incorporarla a la historia de quienes permanecen. Desde esta perspectiva, la pérdida de los rituales no significa solamente la desaparición de ciertas tradiciones; también puede implicar el debilitamiento de formas colectivas de acompañar, recordar y construir sentido.
Mendoza Luján (2006) permite profundizar esta relación entre muerte, símbolo y comunidad. Para el autor, la muerte no puede comprenderse exclusivamente como un acontecimiento biológico. Cuando entra en el mundo humano se encuentra atravesada por preguntas acerca del origen, el destino, la trascendencia y el sentido mismo de la existencia. De allí que las sociedades hayan construido tradiciones, costumbres e identidades alrededor de ella. En esta tarea, los rituales cumplen una función fundamental. Mendoza Luján (2006) sostiene que permiten el reconocimiento y la adhesión de los integrantes de una sociedad y transforman simbólicamente los límites en fronteras y umbrales. Esta idea permite comprender que los rituales funerarios no están dirigidos únicamente a quien ha muerto. También se encuentran profundamente relacionados con quienes continúan viviendo. El autor señala que estas prácticas expresan afectos, acompañan al doliente y buscan responder a la angustia que produce la muerte. Los ritos de recordación, por su parte, conservan un tiempo y un espacio para mantener presente a quien ya no está. La memoria se convierte, así, en una manera de establecer continuidad allí donde la muerte produjo una ruptura.
Esta dimensión colectiva contrasta con algunas formas contemporáneas de experimentar la muerte. Han (2020) advierte que la pérdida de lo simbólico y la desaparición de los rituales se encuentran estrechamente relacionadas con la atomización social. Cuando desaparecen las formas compartidas capaces de proporcionar duración y reconocimiento, las experiencias pueden quedar cada vez más confinadas al individuo. Desde esta perspectiva, cabría preguntarse qué sucede con el duelo cuando se debilitan los espacios comunitarios que permitían acompañar la ausencia y qué ocurre con la muerte cuando deja de constituir una experiencia alrededor de la cual una comunidad se reúne.
Sin embargo, afirmar que la sociedad contemporánea ha ocultado la muerte resulta insuficiente. La muerte también se encuentra extraordinariamente visible. Navarro Martínez (2013) aborda esta paradoja mediante el concepto de pornografía de la muerte, al analizar la circulación y reapropiación de imágenes de violencia, guerra y sufrimiento en el contexto digital. La autora muestra cómo Internet ha transformado las posibilidades de producción, acceso, manipulación y difusión de este tipo de representaciones. Una imagen puede separarse de su contexto inicial, reproducirse innumerables veces y adquirir significados diferentes de acuerdo con quienes la utilizan y los discursos en los que se inserta.
El problema no reside únicamente en que observemos imágenes de muerte. La cuestión se vuelve más compleja cuando el sufrimiento de una persona puede convertirse en objeto de contemplación, circulación o consumo. Navarro Martínez (2013) plantea precisamente la tensión entre la función de denuncia de las imágenes de horror y los interrogantes éticos que surgen cuando el dolor humano es exhibido como objeto cultural. En el entorno digital, además, las fronteras entre lo público y lo privado pueden diluirse hasta el punto de poner en tensión la dignidad de las personas representadas y su transformación en objetos visuales. Aquí aparece una de las contradicciones más profundas de nuestra relación contemporánea con la muerte: podemos verla constantemente sin necesariamente aprender a mirarla. Ver una imagen no equivale a reconocer la experiencia del otro; estar expuestos al sufrimiento tampoco garantiza comprenderlo. Incluso la repetición puede producir distancia. La muerte puede estar presente ante nuestros ojos y, simultáneamente, permanecer ausente de nuestras conversaciones, vínculos y espacios cotidianos de elaboración.
Entre el silencio y el espectáculo parece instalarse, entonces, una dificultad para encontrarnos con la muerte como experiencia humana. Los aportes de Han (2020), Mendoza Luján (2006) y Navarro Martínez (2013) permiten pensar que el problema contemporáneo no consiste simplemente en que la muerte haya desaparecido. Más bien, se han transformado las maneras de hacerla presente. Mientras algunas prácticas rituales que ofrecían tiempo, comunidad y significado pierden fuerza, las imágenes de muerte encuentran nuevas posibilidades de circulación y exposición.
Quizá por ello sea necesario recuperar el valor de lo simbólico sin asumir que esto significa regresar de manera nostálgica a las prácticas del pasado. Se trata de reconocer la necesidad humana de contar con palabras, gestos, encuentros y espacios que permitan hacer algo con aquello que nos sucede cuando perdemos. Los rituales no eliminan la ausencia ni resuelven el misterio de la muerte, pero pueden ofrecer una forma de compartir aquello que, vivido en soledad, resulta difícil de nombrar.
Pensar la muerte desde esta perspectiva también significa volver la mirada hacia la vida. Mendoza Luján (2006) plantea que la finitud participa en las preguntas mediante las cuales los seres humanos buscan comprender el sentido de su existencia. Tal vez el desafío no sea hacer nuevamente visible la muerte, porque visible ya es, sino recuperar formas humanas de relacionarnos con ella: menos como espectadores del sufrimiento ajeno y más como sujetos capaces de reconocer la fragilidad, acompañar la pérdida, preservar la memoria y construir sentido junto a otros.
Referencias
Han, B.-C. (2020). La desaparición de los rituales: Una topología del presente (A. Ciria, trad.). Herder. (Obra original publicada en 2019).
Mendoza Luján, J. E. (2006). Que viva el Día de Muertos: Rituales que hay que vivir en torno a la muerte. Patrimonio Cultural y Turismo, 16, Cuadernos.
Navarro Martínez, E. (2013). Ante la imagen de los demás: Pornografía de la muerte y producción cultural en el contexto digital. Teknokultura, 10(3), 585–614.