“Sin la esperanza la memoria está muerta,
sin la memoria la esperanza está vacía”
(Mèlich, 2012, p. 84)
El ser humano está siempre en trayecto” (Mèlich, 2012, p. 35). Esta afirmación del autor nos muestra una realidad ineludible: el ser humano está enmarcado en el tiempo y en el espacio. Por eso, siempre estamos en constante movimiento. El fin de un trayecto representa la finitud.
Sin embargo, es necesario aclarar que la finitud no es la muerte, es el camino recorrido desde que nacemos hasta que morimos. Podemos concluir que la finitud es la vida, es ese trayecto de existencia que se encuentra absolutamente limitado por el tiempo. La muerte es el final de ese trayecto, aunque nos resistimos constantemente a ese hecho y a todo lo que nos conduce a lo inevitable (la enfermedad, el envejecimiento, etc.).
“El ser humano no es qué sino quién”, (Mèlich, 2012, p. 36) esta finitud es un inevitable viaje entre el pasado y el futuro. Pero, entonces ¿dónde está el presente? lo hacemos y lo rehacemos constantemente. Al vivir, construimos una identidad narrativa absolutamente heredada que puede dar sentido —o no— a nuestra existencia, al mismo tiempo, puede convertirse en una amenaza.
No hay nada absoluto en la vida humana. El autor nos indica que siempre interviene una temporalidad y una situación; al final no podemos evitarlas. Por eso no hay nada absoluto en el hombre, nuestra existencia está atada al tiempo y que lo que hay es una tensión constante entre el pasado el presente y el futuro, incluso se plantea que ese tiempo podría no existir de manera absoluta.
Hay dos conceptos fundamentales que se escriben en el tempo: EL OLVIDO (memoria) EL DESEO (la esperanza), el autor indica que la memoria sin esperanza es ciega. El ser humano es profundamente cultural, llega a este mundo con una herencia cultural concreta, lleno de tradiciones y simbolismos, para el autor estas culturas crean diversas experiencias de finitud, que son ineludibles. Lo que sí podemos cambiar es la relación que establecemos con esa finitud: cómo nos enfrentamos a esos relatos culturales que nos rodean, donde la narrativa cuenta otra forma de enfrentar la finitud. Los relatos, hacen parte integral de nuestra vida, nos identificamos contantemente en ellos.
Pero lo que es una realidad es que la vida como tal, incluyendo la finitud está enmarcada en las interpretaciones que hacemos de la cultura en la que nacemos. (Mèlich, 2012, p. 38) usa la palabra “gramática” para referirse al conjunto de signos y símbolos que nos rodean según nuestro entorno. Son estas experiencias culturales las que hacen que la relación que establecemos con la finitud cambie.
Es claro que la finitud provoca angustia en la humanidad, pero es importante tener en cuenta que todas y cada una de las culturas están enmarcadas en las diferentes experiencias de finitud y esta relación se suaviza según los mitos y realidades alrededor de la ausencia, un ejemplo claro de esta relación, se encuentra en la religión católica, donde la creencia está basada en la esperanza de una vida entera posterior a la vida que conocemos. La religión budista donde se propone la rencarnación y la iluminación como tránsito final hacia la unión con el universo.
Mèlich, le pone nombre a los mitos y ritos dentro de cada cultura como “artefactos” en el contexto de la “gramática” como formas de suavizar este camino de la finitud: Pero… ¿de dónde proviene esta angustia? La respuesta a esta pregunta es de la incertidumbre. El hombre está lleno de preguntas y siente una necesidad constante de responderlas. La falta de certeza de que sigue después de la muerte genera inquietud. Todos indistintamente pasaremos por ese punto, es ahí donde los “artefactos” —estas narrativas culturales— en los que cada persona se desenvuelve tienen diferentes interpretaciones y terminamos adhiriéndonos a los “artefactos” que menos angustia nos pueden generar o a la narrativa que le da sentido a la vida. Es aquí donde radica el cambio, porque lo que viene posiblemente establecido al nacer, esta narrativa cultural a la llegamos, si no nos llegáramos a sentir seguros de esa realidad construida, la podemos cambiar con otra narrativa cultural que nos hace sentir más tranquilos.
Estas narrativas culturales han acompañado a la humanidad siempre porque nos gusta que nos cuenten historias. Es la forma según el autor, que a través de ellas se construye social, narrativa y simbólicamente la realidad. Aunque podría haber innovación en estas narrativas con del tiempo lo cierto es que repiten esquemas y modelos. En realidad, el hombre se resiste a los cambios drásticos sobre todo en las narrativas; lo cambios demasiados acelerados molestan, hay una necesidad de darle sentido a nuestra realidad o lo que nos rodea.
Es en este punto donde la realidad que vivimos está vinculada al tiempo pasado, presente y futuro, los rituales que no necesariamente se vinculan a lo religioso, sino a lo cotidiano, vivir es un rito, porque este fondo ritual nos “sitúa y nos ofrece una mínima seguridad” (Mèlich, 2012, p. 39) nos orienta en momento claves de nuestra finitud (vida): Los rituales “establecen un vínculo entre el pasado y el futuro en nuestro presente” (Mèlich, 2012, p. 39) conectan esta dimensiones temporales para darle sentido a la vida.
El tiempo que vivimos es corto, esto es un hecho; nunca alcanza el tiempo para terminar lo que queremos hacer, podemos verlo como un constante “morir” si nos quedamos sin tiempo y es por esta razón que es tan importante la “memoria”. Teniendo presente esta premisa, Mèlich nos muestra una realidad que no podemos cambiar así quisiéramos: cuando nace un niño genera una ruptura temporal, un pasado sin (él) y un presente con (él) el futuro ya tiene que ver más el deseo. Este niño llega a una tradición cultural heredada, adquiriendo una identidad que no ha elegido, pero que configura su presente.
“El nacimiento supone el abandono del un mundo conocido y la entrada en el tiempo y en el espacio de la inseguridad” (Mèlich, 2012, p. 39), el mundo no se nos da completamente: se descubre y se configura. El ser humano debe llegar acogido y recibido por una familia. Aquí entra la memoria y su importancia como la herramienta que usamos para instalarnos en este mundo. Mèlich nos revela que la filosofía de la finitud es una filosofía del tiempo, una filosofía de la memoria.
Anteriormente hemos hablado que el ser humano no tolera los cambios rápidos, las narrativas culturales, pero hoy vivimos en una aceleración, una velocidad y un cambio excesivo que se ve como un “futuro sin pasado”, que genera un “malestar cultural”. esto nos está llevando a una verdadera crisis del sentido de la vida. Para evitar que esta crisis se profundice, Mèlich nos propone mantener la tensión entre la rapidez de la innovación, con la lentitud propia de la vida humana. “Porque cuando el futuro se libera del pasado, o cuando el pasado se libera del futuro aparece la crisis”. (Mèlich, 2012, p. 41)
La antropología del tiempo transita entre el pasado y el futuro construyéndose en el presente, es la tensión entre la innovación y la conservación. El cambio solo es posible si descubrimos el futuro en el pasado es por eso que se concluye que la vida es memoria. Esta memoria, utilizada de manera crítica en el presente nos sirve para desear el futuro, es una antropología de transformación; una trasformación que viene de lo que ya éramos y desde lo que ya somos y también desde lo que tenemos. No debemos dejar de lado que las trasformaciones no son absolutas y que estas están vinculadas a las dimensiones de tiempo, si no hubiera trasformación habría una deformación.
La filosofía de la finitud nos invita a mantener esta tensión entre pasado y futuro, comprender el papel de las narrativas culturales como una ayuda para no perder ese sentido a la existencia. Nos recuerda que la vida es memoria y que la muerte siempre está presente pero no como un destino que anule la existencia, sino como un límite que la define. No venimos al mundo solo a morir, sino a vivir para a crear algo nuevo y diferente. En esta conciencia de la brevedad de la vida, en el tránsito entre dimensiones temporales y rodeados de narrativas culturales, podemos encontrar y construir el sentido de la vida.
Referencias
Mèlich, J.(2012). Filosofía de la finitud. Herder Editorial.